domingo, 19 de junio de 2016

Primavera de Microrrelatos indignados



Un tesoro de papel
Mariam estudiaba filología inglesa en Damasco. Ese mismo año terminaría su licenciatura y regresaría a Maalula, su ciudad natal. Allí quería trabajar como profesora de inglés para niños. Desde muy pequeña, enamorada de las palabras, se escondía en rincones tranquilos a leer los diccionarios que le prestaban sus primas musulmanas. Le fascinaba descubrir vocablos en diferentes idiomas. De su arameo natal, pasaba al inglés y de ahí saltaba al francés, al sefardí y finalmente al árabe utilizado en la facultad. Custodiaba con devoción aquellos volúmenes clásicos, algunos impresos en época otomana. Guardaba con especial cariño un pequeño diccionario arameo-árabe que le había regalado su abuelo. El paso de los años y su uso continuado lo habían deteriorado mucho, pero para ella era un tesoro de papel. Representaba una de los últimos vestigios de una lengua en vías de extinción: el idioma de Cristo.
Pero no pudo licenciarse. Los yihadistas del Frente Al Nusra destrozaron la facultad de letras y el curso académico quedó clausurado prematuramente. Tras meses de asedio a Damasco, el frente se extendió hasta Maalula. Su casa fue bombardeada y su familia murió, pero a ella pudo salvarla la ONG con la que colaboraba como traductora. Le organizaron la huida de Siria y llegó a Italia donde fue hacinada en un centro de refugiados. Lo había perdido todo: su familia, sus posesiones, sus sueños, pero consiguió salvar algo tan importante para ella, aquel pequeño diccionario que ahora viviría con ella una vida de refugiado.



Matar o morir
La tormenta rompió con fuerza la tranquilidad de la noche. El mar produjo crestas de altura imposible para aquella barcaza y la copiosa lluvia la inundó. Said iba sentado frente a un pequeño de ojos verdes característicos de Aleppo. Lo miraba con cariño, como si buscase la protección del padre que quizá había perdido. Cuando la primera ola sobrepasó a los ocupantes le tendió una mano pero el vaivén y la sobrecarga lo hicieron casi imposible. Fuertes ráfagas acrecentaron el temporal y tiraron a casi todos los ocupantes. Said pudo mantenerse asido al borde y con su mano agarró a aquel chico. Pero no aguantarían mucho más. El Mediterráneo, oscuro y frío se había llenado de futuros cadáveres.
Said guardaba un corcho pequeño que se había llevado como precaución. Cuando un golpe de mar lo lanzó por la borda y se hundió arrastrando al niño, se aferró a él. No creía que aguantase el peso de ambos y tenía claro su primer objetivo: sobrevivir. O le dejaba ahogarse o sería él quien falleciera. Sin embargo sus tripas no se lo permitieron. Era como matarlo y matar o morir no tuvo lugar en su corazón. Tras horas en aquella situación nadó cuanto pudo contra el oleaje, apartando cadáveres, para coger un trozo de la embarcación. Lo arrastró hasta donde estaba el chico que al verlo rompió en lágrimas de alegría que contagió al propio Said al saber que ambos resistirían hasta que la patrulla de la policía italiana los rescatase.